Por Álvaro Vargas Llosa.

Siempre he pensado que América Latina sería un continente más exitoso, o menos frustrado, si sus empresarios y sus intelectuales pudieran jugar, brevemente, un juego algo perverso. Consistiría en intercambiar sus respectivos roles de modo tal que, por un instante, los empresarios dejaran de observar el mundo a partir de su interés particular e inmediato, y los intelectuales pudieran mirarlo desde una perspectiva que no fuera general y abstracta sino basada en la experiencia intensa y competitiva del aquí y el ahora, en búsqueda de un beneficio pecuniario a cambio de ofrecer una mercancía. Jugando a intelectuales, los empresarios tal vez entenderían mejor que pocas cosas hacen más daño a una sociedad que torcer las reglas de juego en beneficio propio —es decir, convertir al Estado en el protector de intereses específicos. Y jugando a empresarios, los intelectuales acaso comprenderían que el proceso de crear riqueza exige que en sus decisiones diarias el empresario sufra la menor cantidad de interrupciones por parte de quienes aplican la ley, mientras no mate, robe o estafe a nadie.

No acusaré a Guillermo Yeatts, el empresario, de estar jugando un juego a la hora de ejercer de intelectual y publicar libros de economía política sobre su país y el continente al que pertenece, pero sí diré que es una buena prueba de que mi fantasía no anda del todo desencaminada. Combinando su experiencia de empresario —del que tiene que identificar una oportunidad, arriesgar un capital, trabajar de sol a sol para producir un bien o un servicio, venderlo a quien lo quiera, pagar salarios, amortizar deudas y volver a invertir— y su vocación por la reflexión intelectual sobre el pasado, el presente y el futuro de su sorprendente país, el autor de “El Botín” ha logrado una estupenda síntesis de ambos tipos humanos. A diferencia del empresario que sólo se mira el ombligo y, concentrándose en la mejor forma de sacar ventajas inmediatas para su empresa, se despreocupa del marco institucional en el que ella y todas las demás operan, Yeatts se obsesiona por ese conjunto de reglas de juego y garantías que conocemos con el nombre de “instituciones” : sabe que un Estado que se entromete lo menos posible en lo particular y gobierna desde una distancia neutral es un mucho mejor aliado de la prosperidad que el Estado que hace lo contrario. Y, a diferencia del intelectual que por ignorancia acerca del proceso productivo o envidia del éxito económico elucubra tesis enrevesadas para justificar al Estado todopoderoso, el autor denuncia el exceso de poder porque sabe que viola los derechos del individuo y, al hacerlo, aborta el desarrollo.

Porque la Argentina no tuvo más empresarios como él es que su país pasó de ser la décima potencia económica del mundo, atraer inmigrantes europeos y tener un ingreso per cápita no lejano del estadounidense al despuntar el siglo 20 a convertirse en un “país-enigma” acerca del cual todos nos preguntamos: ¿qué le pasó? Y porque no hubo más intelectuales como el que se desprende de estas páginas –preocupados por señalarle al poder sus límites y garantizarle a la persona humana el más amplio espacio para el despliegue de su imaginación y de su esfuerzo— la Argentina pasó de ser el país de Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento a ser el de los piqueteros.

El empresario ve al intelectual con desconfianza porque lo siente improductivo, dilettante e ignorante acerca de los rigores e incertidumbres de la brega diaria. El intelectual ve al empresario con desprecio porque cree que sus musas son superiores a los apetitos mercantiles del mercado. Lo cierto es que ambos se tienen algo de celos y que tienen ciertas cosas que aprender del otro. Todo lo que se haga por tender un puente entre ambas orillas, vinculando la experiencia del que compite en el mercado con la visión del que observa a la sociedad como se observa un lienzo, tratando de entender las relaciones entre sus figuras y colores, será beneficioso. Ello permitirá que los empresarios entiendan que garantizar un Estado neutral forma parte, a la larga, de su interés –a condición de que su interés sea que el país prospere— y que los intelectuales comprendan que la”fatal arrrogancia” de la que habló Friedrich August von Hayek, el genial austriaco, es un síntoma de subdesarrollo. La combinación de ambas perspectivas hará posible, además, que enfoque educativo de nuestros países, divorciado de la vida productiva y el mundo real desde hace siglos, dé un giro copernicano y fecunde a las generaciones del mañana con ideas y conocimientos modernos.

Celebro, pues, este libro no sólo por su contenido didáctico con respecto a lo que la Argentina fue, lo que dejó de ser, lo no es hoy y lo que podría volver a ser: también porque, reuniendo en una sola visión la experiencia del empresario y la vocación idealista del intelectual, Guillermo Yeatts, Billy para sus amigos, presta un servicio de enorme valía a su país y a todos los latinoamericanos.

Washington, 2 de abril, 2008

 
 
 

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