La revolución del conocimiento ha desatado -de forma acelerada- un achicamiento del planeta que ha puesto a competir las formas de organización de las más diversas sociedades. La sinergia entre la revolución digital, la informática y la biogenética -que decodifica toda la vida en el planeta- permite hoy potenciar los resultados de los avances en cada área.
La riqueza hoy está basada en la inteligencia y una persona sin recursos económicos puede crear mayor valor que varios países juntos. Esto ha contribuido a la ampliación de la diferencia entre los países más ricos respecto de los más pobres, la cual ha pasado de una relación de 5 a 1 a una superior a 420 a 1 (comparando –por ejemplo- a Singapur con Haití).
Este proceso ha generado inocultables mejoras sobre la cantidad y calidad de la vida humana en la Tierra. En la actualidad, vivimos en el planeta 10 veces más personas que en 1750 y, como consecuencia del incremento de la esperanza de vida, lo hacemos por el doble de tiempo que a inicios del siglo XX. Pero esto no sólo se comprueba en los países “ricos”, sino que el fenómeno derrama sobre los países en desarrollo, en los que la expectativa de vida se incrementó –entre 1960 y 2005- de 45 a 65 años. Por su parte, la pobreza extrema en los países en desarrollo –definida como la supervivencia con un monto menor a 1.25 dólares diarios- también cayó del 52% en 1981 al 26% en el 2005.
Este progreso no se concentró en los países con mayor ingreso per cápita sino que el resto del mundo también lo experimentó. Si ponemos la lupa específicamente en los sectores más pobres del planeta confirmaremos con resultados aún más impactantes esta visión optimista sobre las dramáticas e inocultables mejoras en la vida de la humanidad.
Este nuevo escenario, que da como resultado un mundo más pequeño, con más humanos que viven más y mejor, es el reflejo de un descubrimiento institucional llamado libertad.

 
 

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