Más de quinientos años han transcurrido desde que el continente americano fuera descubierto por Occidente. A partir de entonces, dos versiones de la civilización derramaron su legado sobre el Nuevo Mundo. Una de ellas transformó esta tabula rasa en una tierra próspera y plena de oportunidades, con un alto standard de vida para sus habitantes. La otra, a pesar de su generosa dotación de recursos naturales, sólo supo perpetuar su pobreza.

En la América anglosajona prevalecieron instituciones formales (leyes y normas positivas) e informales (hábitos, costumbres, valores morales y religiosos, etc.) que liberaron creativamente las energías de los individuos favoreciendo la creación de riquezas en un marco de competencia, respeto por la libertad individual, la propiedad privada, la ganancia empresaria, el gobierno limitado, el funcionamiento de la justicia y el respeto por los contratos y las las leyes. Mientras tanto, en América Latina las reglas de juego orientaron las energías de sus mejores hombres hacia la obtención de prebendas, privilegios, mercados cautivos, restricciones a la competencia internacionales, empleos públicos, etc., que llevaron a la sociedad a un estado de esclerosis productiva permanente.

A más de cinco siglos de su descubrimiento, América Latina no ha podido escapar de las garras de esas perversas reglas y de su crónica pobreza, y continúa siendo una sociedad de distribución y no de creación de riquezas.

En Raíces de Pobreza Yeatts analiza, a través de la historia, la innegable relación entre las instituciones formales e informales predominantes en América Latina y su pobre rendimiento económico, y reflexiona sobre las posibilidades de escapar de este perverso círculo vicioso.

 
 
 

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